Vivimos en una era tecnológica donde el ser humano ha sido partícipe de las mayores hazañas imaginables.
Simplemente con ver algo que nos puede parecer tan rutinario como un móvil, a cualquier persona de hace tan solo veinte años le hubiese parecido brujería, y no hablemos si nos remontásemos aún más al pasado.
Nuestra era se caracteriza por la conquista humana de la tecnología y el avance de la ciencia.
Ya no existe la separación entre el cielo y la tierra que había antaño. Eso, sumado a la exploración espacial, nos separa aún más de la idea de Dios. Si hay más planetas similares al nuestro y no hay una separación física entre la Tierra y el cielo,
¿qué nos hace únicos a los humanos?

Decía Freud que el ser humano tiene tres heridas.
La primera es la cosmológica.
Con Copérnico, el ser humano dejó de situarse en el centro de la creación. La Tierra pasó a ser un planeta más, como otro cualquiera, que por azares del destino cumple las condiciones para albergar vida.

La segunda es la biológica.
Con Darwin, el ser humano dejó de ser una criatura creada a imagen y semejanza de Dios. El hombre pasa a ser un primate evolucionado, una criatura como otra cualquiera de las que habitan la Tierra.

La tercera es la psicológica.
Con Freud, se revela que el ser humano actúa de forma inconsciente y realmente no tenemos control total sobre nuestra consciencia o razón. El hombre deja de tener control sobre su propia mente.
A estas tres se les puede añadir una cuarta, la cual Freud no vivió para contar.

La cuarta herida es la tecnológica.
En concreto, se ve actualmente con el auge de la robótica, la inteligencia artificial y el transhumanismo. Se nos dice que el hombre ya no es un ser único; su inteligencia puede ser no solo replicada, sino superada por una máquina alimentada con IA.
El ser humano pasa a ser prescindible, pues las máquinas nos sustituirán y ni siquiera tendremos la necesidad de trabajar; estas nos capacitarán para tener un ingreso mínimo vital, mientras nosotros nos evadimos en una realidad virtual para soportar nuestra existencia (o eso dice Harari).
Vivimos en la era de la Ciencia.
Hemos dejado atrás la superstición y la creencia en Dios, y hemos pasado a creer en los datos, los científicos y los técnicos.
Pero ¿y si lejos de haber dejado atrás las creencias en lo sobrenatural, solo las hemos reemplazado por unas creencias inmanentes?

No sería descabellado; de hecho, en esto se basó el éxito del marxismo, el cual, en lugar de un paraíso en el más allá, prometía el paraíso en la Tierra.
Y si lejos de creer en Dios, resulta que lo hemos sustituido por otro Dios no menos omnipotente.
No hay frase que lo exprese mejor que una apócrifa de Chesterton: “Ya no creen en Dios, y lejos de no creer en nada, ahora creen en cualquier cosa”.
Hemos sustituido a Dios y a los teólogos por la Ciencia y los científicos.

Vivimos en la era del positivismo; Comte hoy está más presente que nunca y su sueño de “sacerdotes laicos” positivistas al fin ha encontrado adeptos.
Se utiliza la ciencia como fuente suprema de autoridad, una definición que acabó tergiversando la palabra [positivismo] para referirse a que todo aquello que se dijese o aprobase estaba respaldado por la “Ciencia”.
¿Te suena de algo?
En la actualidad existe el término “negacionista”, que perfectamente podría haber sido acuñado por Comte, dado su gusto por los neologismos; de hecho, este concepto encajaría perfectamente en su filosofía.
El término negacionista se asociaba originalmente con aquellos historiadores revisionistas que negaban el Holocausto nazi. Sin embargo, en la actualidad se aplica a cualquiera que se oponga al discurso oficial.
El tema predominante hoy es el clima.
Los científicos más respetables se ponen su bata blanca y construyen modelos con la intención de predecir el futuro o, tal vez, de controlar el presente.

Aquel que cuestione el discurso oficial será acusado de hereje, de negacionista.
Quien se atreva a poner en duda aunque sea solo una parte de dicho discurso, será atacado por los intelectuales de cámara y marginado.
Asimismo, Comte fue precursor de Marx y del positivismo científico. De hecho, en palabras de Stanislav Andreski:
“En un sentido perverso, los proyectos más cruciales de Comte han sido implementados en nombre del hombre que despreciaba la utopía comteana [Marx]” .

Comte también fue, junto con su maestro Saint-Simon, el padre del ideal tecnocrático: el gobierno de los técnicos. Un ideal que puede remontarse al gobierno de los filósofos de Platón.
Lo anterior no es más que un preámbulo necesario para introducir la cuestión principal. Para analizar el cambio climático, es fundamental retrotraerse y examinar de dónde proviene este movimiento y cuáles son sus raíces.
Por cierto, acabo de abrir una membresía para los más interesados, ¡aquí os la dejo!
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