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Antes de empezar, no os perdáis la primera y la segunda parte si aun no las habéis leido.

A finales de los 1860s, el combate a favor de las patentes parecía completamente perdido.

Aunque por desgracia, el éxito del movimiento antipatentes en Europa no fue duradero.

Los defensores del sistema de patentes organizaron una poderosa contraofensiva.

Las técnicas de propaganda fueron muy notables para la época.

Aunque la propaganda por sí sola no fue lo que logró cambiar el rumbo.

La victoria del movimiento a favor de las patentes se debió al debilitamiento simultáneo del movimiento de libre comercio en Europa como consecuencia de la severa depresión en esos años.

La idea de la protección de patentes recuperó su atractivo público cuando, tras la crisis de 1873, el proteccionismo se impuso a los defensores del libre comercio.

El representante Ackermann afirmó en 1877 que, gracias a la grave crisis, la opinión pública se había alejado de la teoría perniciosa de la escuela dominante que enseñaba los principios de la libre competencia y el libre comercio.

En la mayoría de países se fueron tomando medidas a favor de las patentes.

Una excepción fue Suiza, más conservadora que el resto de países, resistió durante más tiempo las presiones de los apologistas de las patentes.

En un referéndum de 1882, para la aprobación de la legislación sobre patentes fue rechazada, aunque por una escasa mayoría.

El pueblo cedió finalmente tras fuertes presiones externas que asociaban la falta de un sistema de patentes con el estigma de la piratería y amenazaban a la nación pirata con discriminación en la política comercial. Un nuevo referéndum cinco años más tarde permitió al poder legislativo aprobar una ley de patentes.

Es curioso que se les acusase de piratería cuando justamente las patentes en el siglo XVI servían para autorizar a los piratas a ejercer la piratería, aunque ellos prefieren llamarlo con un nombre más fino: corsarios.

Este es el ejemplo de Francis Drake, el cual recibió una patente (Letter of Marque), por la Reina Isabel I, para ejercer la piratería.

La palabra patente viene del latín litterae patentes, que significa cartas abiertas. Eran documentos públicos emitidos por un monarca, sellados de tal forma que no hacía falta romper el sello para leerlos. Ese documento otorgaba un determinado privilegio (monopolio, derecho, título…) que cualquiera pudiera verificar.

En la Inglaterra anterior a 1850, los economistas tendieron a ser pro-patentes. Entre ellos:

  • Jeremy Bentham, que afirmó que el privilegio exclusivo que se concede a los inventores no tiene nada en común con los monopolios, que tan justamente son denunciados.

  • Adam Smith, a pesar de estar por lo general en contra de los monopolios, afirmó que un monopolio temporal otorgado al inventor de una nueva máquina podría justificarse como una forma de recompensar el dinero invertido y cubrir los gastos.

  • John Stuart Mill, una autoridad decisiva en el debate, dijo que la condena de los monopolios no debería extenderse a las patentes.

En Francia, Jean Baptiste Say coincidió con los escritores clásicos ingleses.

¿Quién podría quejarse razonablemente de un privilegio meramente aparente?

No perjudica ni obstaculiza ninguna rama de la industria que ya se conocía.

Los costos solo los pagan quienes no tienen inconveniente en pagarlos; sus necesidades no se ven menos satisfechas que antes.

Simonde de Sismondi, el disidente, discrepó en este tema, como en la mayoría de los demás. En su opinión, el resultado del privilegio otorgado a un inventor es conferirle una posición de monopolio en el mercado frente a los demás productores del país. En consecuencia, los consumidores se benefician muy poco de la invención, el inventor gana mucho, los demás productores pierden y sus trabajadores caen en la miseria.

En el otro extremo, existía en Francia una extensa literatura que abogaba por derechos perpetuos sobre las obras intelectuales, transferibles y hereditarios para siempre.

Contra las reivindicaciones de tales derechos sobre las ideas, Proudhon escribió un panfleto satírico. Aunque el estaba a favor de una protección temporal.

En la Europa del siglo XIX, los movimientos contra los privilegios y los monopolios y a favor del libre comercio tenían una fuerza enorme. En ese contexto, las patentes quedaban asociadas tanto al proteccionismo arancelario como a los monopolios en general. Esa conexión jugaba en contra de quienes defendían el sistema de patentes y fortalecía a sus críticos.

Por eso, los partidarios de las patentes entendieron que debían cambiar el enfoque. Su estrategia consistió en desligar, en la medida de lo posible, la idea de protección de patentes de la noción de monopolio y del debate sobre el libre comercio.

Para lograrlo, comenzaron a presentar las patentes bajo una luz diferente: como una cuestión de derecho natural y de propiedad privada. Argumentaban que el inventor tenía derecho a vivir de su trabajo, que la sociedad debía garantizarle lo que le corresponde y que, además, proteger las invenciones favorecía el progreso industrial de forma rápida y eficiente.

Curiosamente, estos mismos argumentos siguen siendo los que hoy se utilizan cuando se habla del sistema de patentes.

En el próximo artículo veremos los principales argumentos a favor de las patentes.

Si te has quedado con curiosidad, puedes profundizar leyendo The Patent Controversy in the Nineteenth Century (Fritz Machlup and Edith Penrose - 1950)

Sigue aprendiendo!