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Actualmente los intereses de la deuda en estados unidos son ridículamente altos:

$1,27 billones de intereses de la deuda (trillones americanos)

La deuda pública no para de crecer en todo el mundo.

Estados Unidos superó los 40 billones de dólares en deuda bruta.

Lo curioso es que lo hizo en tiempos de paz y cerca del pleno empleo.

El déficit sigue rondando los 2 billones y no se reduce.

Es la primera vez que pasa esto en una época de “paz”.

Deuda nominal en billones (trillones americanos)

Es por esto que el problema de la deuda pública es de vital importancia.

El otro día vimos por qué la deuda pública no te afecta y por qué no le debes nada a nadie:

Concluimos dicho artículo con una potente frase de Rothbard sobre la ilegitimidad de la deuda pública:

“La operación de crédito público no es un contrato genuino que deba considerarse sagrado, del mismo modo que no debería considerarse un contrato sacrosanto el acuerdo mediante el cual unos ladrones se reparten de antemano su parte del botín”.

Profundizar en este tema en la actualidad es de vital importancia pues la deuda pública de todos los países es la mayor de la historia,

sin embargo,

es un tema al que no se le da mucho bombo…

¿por qué será?

Pero lo curioso es que uno de los mejores analistas del problema de la deuda pública fue un miembro de la vieja derecha, aunque prefería el término de individualista radical.

Fue mentor de Rothbard y una de las personas que le abrió los ojos con su brutal crítica a los impuestos en su breve ensayo Los impuestos son un robo, prologado por Rothbard en algunas versiones.

Pero el tema que trataremos hoy es otro.

Hoy vamos a hablar de un artículo que escribió Chodorov en 1948, cuando la deuda pública era infinitamente menor que la actual.

Aunque si se mide la deuda pública como porcentaje del PIB es de las más elevadas de la historia (hasta ahora).

Es lógico pues acababa de concluir la 2GM.

Deuda como porcentaje del PIB (1900-2050)

Su análisis es brillante y premonitorio.

Chodorov nos advierte que no debemos comprar deuda pública.

No porque no sea rentable.

Sino porque es inmoral.

Sí,

como lo oyes,

por muy rentable que fuese no deberías comprarla.

¿Y por qué es inmoral?

Chodorov nos dice que cada vez que el gobierno emite un bono, lo que hace es diluir el valor del dinero en manos de la gente.

Esto es debido a que los bonos son dinero aunque no se traten formalmente como tal.

Por tanto, cada bono emitido por el gobierno es inflacionario y es un robo a los ahorradores.

También nos advierte de la doble moral del estado.

Pues cuando el estado gasta más dinero del que recauda a través de impuestos (léase robo), está cometiendo deliberadamente un acto de quiebra.

Imagina ahora que tu vecino hiciera eso.

Enseguida sería visto como una persona deshonesta.

¿Cuál es entonces la magia que convierte el robo del estado en virtud?

La excusa del estado para endeudarse es que invierte los fondos obtenidos mediante la emisión de bonos en beneficio de la posteridad,

pero

¿qué pensarías de un futuro padre que cargara deliberadamente con deudas a sus futuros hijos?

El uso de la palabra “inversión” en relación con un bono emitido por el estado es un eufemismo engañoso.

El estado no puede invertir porque no produce nada.

Todo lo que tiene ha sido robado y, por tanto, todo lo que gasta es inmoral de inicio.

Es como si un ladrón te roba la cartera y te dice que ese dinero lo va a invertir en arte y educación.

El robo es robo, no cambia que ese dinero sea destinado para curar a un niño enfermo o para gastárselo en un prostíbulo (aunque los políticos parecen preferir lo segundo).

Además, el estado gasta todo lo que roba cada año, por tanto no ahorra.

Los intereses que recibes de los bonos vienen del robo (impuestos).

De modo que, te estás pagando a ti mismo.

¿Es eso una inversión?

El bono es un legado de esclavitud.

A tus bisnietos se les exige trabajar para los bisnietos de aquel.

Pero a pesar de lo que se diga, la posteridad nunca salda las deudas de sus antepasados.

La generación actual es la posteridad de todas las generaciones que la precedieron.

¿Estamos acaso pagando alguna de las deudas contraídas por nuestros antepasados?

Pero este robo no puede continuar indefinidamente.

Cuando la carga de hacer frente a los gastos del servicio de la deuda se vuelve económicamente insoportable y el crédito del estado se agota, se recurre

a) al repudio

b) o a la inflación.

De estos dos métodos el repudio es con diferencia el más honesto.

El estado declara directamente su inhabilidad para pagar.

Además tiene un efecto saludable en la economía, puesto que reducir la carga de los impuestos deja a la gente más libre.

Los perdedores en esta operación son los pocos que poseen los bonos,

sin embargo,

dado que también forman parte de la sociedad, a largo plazo deben beneficiarse de la mejora de la economía general:

pierden en su calidad de recaudadores de impuestos, pero ganan como productores.

El repudio también se justifica porque debilita la fe en el estado.

Hasta que el acto sea olvidado por las generaciones posteriores, las promesas del estado encuentran pocos creyentes, su credibilidad queda destrozada.

Desde el repudio ruso de 1917, el régimen nunca ha intentado emitir bonos en el extranjero, mientras que sus operaciones de importación se han realizado en gran medida al contado.

Internamente, rusia pide préstamos a sus propios ciudadanos como un bandolero.

En cualquier caso, dado que la honestidad y la política son términos contradictorios, el método habitual del estado para saldar sus deudas es la inflación.

Al igual que hizo alemania en la década de 1920, el estado puede equiparar la inflación con el repudio de la deuda, puede generar inflación con el propósito de repudiarla.

La desventaja de este proceso, frente al repudio directo, es que al eliminar la deuda también destruye los valores que la ciudadanía ha construido con esfuerzo, aniquila los ahorros.

Termina diciendo que los bonos están lejos de ser algo “patriótico”

(fue el barón ladrón Jay Cooke el que comenzó con este marketing para enriquecerse él mismo).

Lo que genera el estado prestatario no es patriotismo, sino sumisión.

Con una cartera repleta de bonos, la institución financiera se convierte, en la práctica, en un socio subordinado cuyo propio interés le obliga a cumplir.

Es decir, es el interés de los tenedores de bonos que reciben impuestos lo que impulsa el apoyo al estado.